Cada seis meses, millones de personas en todo el mundo repiten el mismo ritual: cambiar la hora. Adelantamos o atrasamos relojes, nos sentimos desorientados unos días y algunos incluso dejan la hora del coche mal puesta hasta el siguiente cambio. Pero… ¿por qué hacemos esto? ¿Tiene algún sentido hoy en día? ¿Y qué efectos reales tiene en nuestro cuerpo?
Soy Albert Xamena, neurocientífico, y en este artículo te cuento la historia del cambio de hora y el impacto fisiológico que tiene en tu salud.
Y sí: nos afecta más de lo que pensamos.
Una historia que empezó para “ahorrar en velas”
Aunque parezca increíble, todo empezó con una broma.
En 1784, Benjamin Franklin escribió un artículo irónico riéndose de los franceses por levantarse tarde y “gastar velas de forma innecesaria”.
Lo que era una sátira plantó una semilla que germinó siglos después.
En 1907, el empresario William Willet publicó The Waste of Daylight, defendiendo que adelantar los relojes en verano permitiría aprovechar mejor la luz solar. Su idea fue tachada de loca… hasta que llegó la Primera Guerra Mundial.
Durante la guerra había que ahorrar carbón. Adelantar el reloj parecía una solución brillante.
Y así, en 1916, el cambio horario se aplicó por primera vez a gran escala.
En España se consolidó tras la crisis del petróleo de 1974.
Pero hoy, más de un siglo después, la gran pregunta es inevitable:
¿Sigue teniendo sentido?
El ahorro energético es mínimo (casi inexistente)
En la actualidad, lo que más consume energía no es la luz artificial, sino la climatización, los electrodomésticos y la industria.
Estudios del Centre for Economic Policy Research muestran que el ahorro real del cambio de hora es de apenas un 0,3%.
Prácticamente nada.
Y la Unión Europea lo tiene claro:
el 84% de ciudadanos quiere eliminarlo.
Si no ahorra energía, si nadie lo quiere… ¿por qué seguimos haciéndolo?
Porque, durante décadas, se creyó que no era perjudicial.
Pero la ciencia moderna ha demostrado lo contrario.
Tu cuerpo no sigue decretos: sigue al Sol
Todas las células del cuerpo funcionan siguiendo un ritmo marcado por la luz solar.
Ese ritmo es gestionado por tu reloj biológico central, situado en el núcleo supraquiasmático del cerebro.
Este reloj regula:
- el sueño,
- la temperatura corporal,
- la secreción hormonal,
- el apetito,
- la expresión genética.
Cuando movemos la hora artificialmente, el reloj interno no se adapta automáticamente.
Es como un mini jet lag artificial… dos veces al año.
El jet lag social: el gran problema oculto
España vive permanentemente una hora adelantada respecto a su posición geográfica.
En verano, incluso dos horas por delante del Sol.
Esto se llama jet lag social, y la investigación muestra que aumenta el riesgo de:
- Obesidad
- Problemas metabólicos
- Depresión
- Insomnio crónico
Y lo más preocupante:
📌 Justo después del cambio de hora al horario de verano, los infartos aumentan un 5,1%.
📌 Las hospitalizaciones por trastornos del estado de ánimo aumentan un 11%.
El cuerpo necesita sincronía con la luz natural.
Y cuando se rompe, sufre.
Vivir en ritmo, no en reloj
Vivimos obsesionados con la eficiencia y el tiempo.
Pero el cuerpo no entiende de agendas.
Entiende de ritmos.
La ciencia demuestra que cuando nos desconectamos de los ciclos naturales, perdemos salud, claridad mental y bienestar.
La espiritualidad lleva miles de años diciendo lo mismo.
El cambio de hora nos recuerda algo profundo:
👉 El tiempo no se domina, se habita.
👉 Y cuanto más intentamos controlarlo, más nos alejamos de nosotros mismos.
Ojalá pronto Europa elimine un sistema que ya no sirve para nada y sí afecta a nuestra salud.
Mientras tanto, la pregunta es para ti:
¿Qué horario preferirías que se quedara para siempre: el de verano o el de invierno?
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